Después de la proclamación de la Palabra
Isa 55:10 TLA Dios dijo: «La lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven a subir sin antes mojar y alimentar la tierra. Así es como brotan las semillas y el trigo que comemos.
Hay un propósito más elevado que simplemente mojar la tierra para la lluvia. Ese propósito tiene que ver con el cambio de la realidad sobre la tierra que cae. No solo es llover sino producir un cambio, un efecto.
Es el motivo de estas palabras el que algunos solo nos ocupamos del antes y el durante en la exposición de la Palabra. Hay un motivo más elevado que simplemente predicar o enseñar, y tiene que ver con el efecto o el propósito por el cual aquella Palabra es dicha. Preocuparse por lo que sucede después de la predicación o la enseñanza es el objetivo que aquí quiero buscar.
Muchos son los buenos libros que nos hablan de como predicar o enseñar. La mayoría de ellos se enfocan en la necesidad de la preparación previa tanto del ministro como de la predica o la enseñanza. Otros añaden capítulos que hacen referencia al "durante", es decir, como pararse, como dirigirse a la asamblea, tonos de voz, y un sin fin de otros aspectos a tener en cuenta. Entre estos también están los que enfatizan la necesidad de que la Palabra sea acompañada con la manifestación del poder de Dios en milagros y maravillas. Y si bien estoy de acuerdo con todos ellos, pocos, por no decir ninguno, habla sobre el después de la predicación siendo que es allí donde encuentra sentido la exposición de la misma.
Predicar no es solo informar, predicar es producir cambios, ese es el propósito de anunciar la Palabra.
Isa 55:10-11 RV60 Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, (11) así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.
La proclamación del mensaje bíblico debe ser un proclamación con propósito, y el preocuparnos por ello tiene que ver con la actitud que tomemos, frente al mensaje que preparamos, después que lo hemos predicado.
La Palabra predicada o enseñada es comparada, en más de una oportunidad, a una semilla que es plantada, a veces en terrenos apropiados y a veces no. Pero, sin importar esto último, ella siempre intenta provocar un cambio en la realidad de aquél terreno.
Luc 8:5-15 RV60 El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. (6) Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no tenía humedad. (7) Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron. (8) Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno. ... (11) Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios. (12) Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. (13) Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. (14) La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. (15) Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
Hay una intención escondida en esta semilla y es la de provocar un cambio,"...no volverá a mi vacía...". Oramos en lo previo para conocer cual es el mensaje, oramos que Dios prepare los corazones de quienes recibirán la preciosa semilla, oramos porque sea confirmado el mensaje mientras lo damos, pero...¿cuántos nos mantenemos orando para que la semilla que fue plantada pueda cumplir el propósito por el cual fue entregada?
La labor del predicador o el maestro no culmina cuando terminó su exposición, un predicador responsable comprenderá que el momento más importante viene ahora, cuando esa semilla intentará abrirse camino en el corazón de quien la recibió para producir un cambio. Involucrarse en esa "lucha" por medio de la oración, después de haber enseñado o predicado, es parte fundamental en el ministerio de la Palabra también.
Jesús practicaba esto, y dijo: Jua 17:14-17 RV60 Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. (15) No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. (16) No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. (17) Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.
Jesús había enseñado a sus discípulos y ahora, antes de su partida, oraba para que esa palabra cumpliera el propósito por el cual la había dado.
"Santifícalos" significa poner aparte para Dios, como también hacer que algo se vuelva puro. Tal transformación era el propósito de aquellas enseñanzas y Cristo no se desentendía de ello, ni aún después de haberlas presentado, sino que buscaba en oración el que se cumplieran.
¿Qué busco despertar aquí? Mucha energía invertimos antes de predicar o enseñar, y está bien. También lo hacemos durante la proclamación, lo cual es excelente. Pero, una vez cerrada la Biblia, algunos nos desentendemos del propósito de aquella palabra.
Es justamente después de haberla proclamado que llega el momento más importante, es cuando ella intenta producir un cambio, un efecto, en quienes han escuchado, y si bien tenemos responsabilidad en la preparación y en la proclamación, lo tenemos también en los efectos.
Es mi consejo que ser un buen predicador o maestro tiene mucho que ver con lo que hacemos antes, durante, pero también después, con el mensaje que se nos ha encomendado.
La Palabra encierra un propósito en si misma, y el predicador o maestro hará bien en involucrarse con el cumplimiento de ello aún después de haberla anunciado.



