a los que me distes yo los guarde
En estos días he escuchado, junto con otro pastor, un testimonio que causó un efecto muy profundo en nuestros corazones: fue el clamor de una oveja que había sido abandonada.
Un tema que me ha tocado enseñar en algún seminario es el de la mayordomía del creyente. Hemos hablado de la mayordomía del tiempo, de la persona, de los bienes materiales, de los dones, y tal vez de algún aspecto más. Pero de lo que si estoy seguro es que no hablamos de la mayordomía de las personas que Dios nos da para que velemos por ellas.
Jesús en su oración sacerdotal demuestra este principio. Él entendía que las personas que habían caminado junto con Él durante su ministerio le habían sido confiadas. Y, aplicando los principios de una buena mayordomía, Él rinde cuentas ante el Padre diciéndole que aquellos que le habían sido confiados Él los había guardado.
La palabra griega para guardar nos da la idea de lo que Jesús había hecho por aquellos, que sin ser suyos, le habían sido entregados en responsabilidad. La idea es que Jesús había estado vigilante, en guardia, cuidando o custodiando para que se cumpliese el propósito por el cual se les habían encomendado al punto de que ninguno de ellos se perdió.
Pensaba en esto al analizar la situación que le comentaba. Este hermano, junto con toda su familia y el resto de la congregación, fueron literalmente abandonados por aquel a quien Dios se los había confiado.
Lamentablemente no podemos decir que esta es una excepción. Por uno y otro lado escuchamos el clamor de aquellos que como ovejas sin pastor no encuentran los verdes pastos ni las corrientes de agua para satisfacer sus necesidades y en su deambular quedan expuestas a los lobos que no quieren sino despedazarlas.
Ante esto me pregunto: ¿Dónde están sus pastores?¿Dónde están aquellos hombres y mujeres a quienes Dios los ha confiado a su cuidado? ¿Es que primando el egoísmo nos olvidamos de que no es casualidad que aquellos estén con sus ojos esperando en nosotros?
Indudablemente que esto no es una carga solo de pastores sino de cada creyente a quien Dios le conceda el enorme privilegio de ser un padre para tantos niños espirituales que hoy existen.
¿Dónde están hoy aquellos a quienes pasabas a buscar para ir a la iglesia?¿Y que de aquel que te llamaba para que oraras por él o que le explicaras algún pasaje de la Biblia? ¿Has estado vigilante, en guardia, cuidando de que se cumpla el propósito de Dios en su vida? Para eso mismo se te ha confiado.
Pero, también es justo decir, que mi mayor indignación es para aquellos que haciendo gala de su posición no son capaces de ver más allá de su propio egoísmo y en su desvío no hacen más que causar daño y desolación entre aquellos, que sin ser suyos, se les confía para que busquen su bien.
Estimado consiervo, los hombres, mujeres, niños y demás que están en la congregación que pastoreas no son tuyos. Se te han confiado pera que en una actitud vigilante cuides de que se cumpla el propósito del Padre en sus vidas. Y de esto, tu y yo, tendremos que dar cuentas.

